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| Imagen de la red |
Un año tras otro, todo sigue igual bajo la
sombra de los cipreses. Ni una pequeña señal, nada que muestre lo que hay
después de aquel lugar tan fúnebre donde
seres queridos dejaron junto a ellos un pedacito de corazón. Ese lugar del que
ninguno vuelve para contar algo que tranquilice a los que quedaron añorando su
ausencia.
Grabado sobre
aquella gran losa que luce tan pulida como fría. Un nombre y una fecha
recordando que hay gente que les quiere y que su cariño será por siempre.
Algunas flores y una visita al año es todo lo
que necesitaron desde aquel adiós definitivo. Un pequeño acto de amor mientras
sigan en su memoria.
Que duro es
continuar la vida tan solo con su recuerdo.
Muy duro tener que acostumbrarse a vivir sin
su presencia.
El tiempo pasa y cura las heridas que fueron dejando
todos los que un día se marcharon. Cicatrices
superpuestas van formando un caparazón fuerte y resistente que termina por
cubrir la amargura sentida durante la primera fase del duelo.
Luego, el
silencio, la paz, la esperanza y el recuerdo acompañaran de por vida.
Rafaela.