La Primera Comunión se hacía el día del Corpus Christi.
Desde que empezaba la preparación con los días de catequesis,
todos los niños esperábamos con ilusión que llegara el día señalado.
Ese día, después de la misa a la que asistían los maestros y todo el pueblo.
Lo mejor para los niños que comulgamos por primera vez,
era el desayuno de chocolate que nos preparaban.
Nos parecía algo grande a lo que no estábamos acostumbrados.
Creo que además de estrenar aquel precioso vestido blanco y largo que me hizo mi madre,
aquellos zapatos blancos, los guantes, y aquellos tirabuzones
con una bonita diadema con aquel precioso velo de tul.
Lo del chocolate era lo más.
Pero algo que no imaginaba era que además cuando daba una “estampita” o recordatorio,
me darían dinero que yo guardaba en la limosnera y luego daba a mi madre.
Nunca había visto tantas pesetas juntas, pero ese día reuní bastantes billetes de papel.
La verdad que un poco vergonzosa si que iba, aquello de que me pagaran la estampa
no me hacía mucha gracia.
Pasado ese primer día, aún quedaba volver a vestirse el día de la fiesta a la patrona
donde se sacaba a la Virgen del Carmen en procesión.
Había que vestirse otra vez de largo.
Con aquel sol de justicia un 16 de julio ya era hacer un sacrificio.
Aunque pronto se me olvidó el calor cuando me cambiaron de ropa
y me dieron algunas pesetas de lo guardado,
para comprar algún helado de aquellos hechos a mano,
y montar en aquellas barcas de madera,
que otras veces veía pero no recuerdo haber montado hasta aquel día.
Por lo menos tantas veces.
Fue un día más especial para mi que el día de la comunión.
Empecé a descubrir la diversión de las fiestas.
Como después siendo niña tuve pocas ferias más,
será por eso que la recuerdo siempre con mucha nostalgia.
Rafaela.












